“-Seis -dijo el Jaguar”

 

LCYLP_Cuatro

No es quizás el comienzo más memorable de la literatura en español, pero tampoco es fácil de olvidar:

-CUATRO -dijo el Jaguar.

No creo exagerar si digo que todo lector de La ciudad y los perros recuerda muy bien la primera línea de la novela. Sin embargo, en por lo menos una versión preliminar del manuscrito (cuya primera página reproduje en este blog) no solo el comienzo de la novela era diferente, sino que el número que sumaban los dos dados no era cuatro sino seis. La página manuscrita muestra claramente el cambio que Vargas Llosa hizo de puño y letra.

El escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, autor de Los informantes (Alfaguara, 2004) y La forma de las ruinas (Alfaguara, 2016), entre otras novelas, se llevó una sorpresa cuando descubrió ese comienzo diferente, luego descartado, que Vargas Llosa imaginó para La ciudad y los perros. Vásquez, en un artículo escrito en homenaje a Vargas Llosa luego de la obtención del premio Nobel, utilizó la anécdota para reflexionar sobre la manera como ciertos personajes, episodios o frases que pertenecen a la ficción quedan grabadas en la memoria de los lectores con tanta o mayor fuerza que las cosas que “realmente” nos ocurren. “Nuestras ficciones predilectas se convierten con el tiempo en parte de nuestra experiencia”, dice Vásquez, quien muchas veces ha reconocido la influencia de Vargas Llosa sobre su propia trayectoria de escritor.

Reproduzco aquí los párrafos en los que Vásquez se refiere a ese comienzo descartado de La ciudad y los perros:

El asunto de Vargas Llosa

Juan Gabriel Vásquez

Igual que sucede con el moscardón que se pone sobre la madre Patrocinio al comienzo de La casa verde, con la pregunta famosa que se hace Santiago Zavala en la primera página de Conversación en La Catedral, con la descripción del Consejero en La guerra del fin del mundo, ese hombre alto y tan delgado que parecía siempre de perfil, hay una imagen que suele permanecer fija en la memoria de los lectores de Vargas Llosa: la de los dados que suman cuatro al comienzo de La ciudad y los perros. Ya lo saben ustedes:

-Cuatro -dijo el Jaguar.

Esa escena es parte de nuestra experiencia: el número ha determinado la suerte de Porfirio Cava, Porfirio Cava es quien habrá de robar el examen de Química y pondrá en marcha, al hacerlo, la intriga de la novela. Porfirio Cava romperá un vidrio, los ladrones serán descubiertos, habrá un soplón, el soplón morirá de un tiro en la cabeza, y nunca, nunca sabremos con verdadera certeza, nunca sabremos más allá de toda duda razonable, quién disparó el tiro. Y todo eso ocurre -el robo, la delación, el asesinato y sus consecuencias morales- porque los dados marcaron cuatro.

Pero no siempre fue así. Yo lo acabo de saber, y nunca pensé que la revelación fuera a inquietarme tanto.

En La liberté et la vie, un bello volumen de homenaje a Vargas Llosa que Gallimard y la Maison de l’Amerique Latine acaban de publicar en París, se reproduce una de las páginas manuscritas que duermen en los archivos de la Universidad de Princeton. En ella la novela que todos conocemos bien no es como todos la conocemos. La novela que se abre con los dados marcando el tres y el uno y con el peligro desapareciendo para todos los cadetes, menos para Porfirio Cava, la novela que en nuestro mundo sólo se puede llamar La ciudad y los perros a pesar de que en otras vidas tuviera otros nombres –La morada deI héroe o Los impostores, increíbles los dos, inverosímiles, equivocados-, esta novela que forma parte ya de nuestro imaginario lector o en todo caso del mío, esta novela cuyo comienzo conozco de memoria y recuerdo con la misma claridad de mis propios recuerdos, esta novela, digo, comienza en la página del archivo de Princeton de una manera muy distinta:

“Yo”, pensó Porfirio Cava, dominado por el fatalismo: miraba fijamente la carrera frenética de los dados sobre las losetas descascaradas y brillantes, pero sus ojos permanecían fríos.

-Seis -dijo el Jaguar.

Leí eso y se me movió la tierra. Yo había crecido con la voz del Jaguar como primer sonido de la novela, con la imagen del tres y el uno contrastando con la suciedad del suelo. La lectura de esta apertura provisional que no comienza con una voz autoritaria sino con un débil pronombre imaginado, esa acotación indigna de la novela como la conozco -“dominado por el fatalismo”, háganme ustedes el favor- y sobre todo ese número, sí, sobre todo ese número: ese número de una sola sílaba, tan distinto para mi oído y mi costumbre como si me hubieran cambiado el nombre de repente. Nuestras ficciones predilectas se convierten con el tiempo en parte de nuestra experiencia, y modificar sus condiciones es como descubrir una verdad oculta en nuestro pasado. Eso me sucedió a mí con la lectura de la página cambiada.

Y ese cambio, nimio en apariencia, me dio una prueba más (como si me hiciera falta) de la importancia que la obra de Vargas Llosa ha tenido en mi experiencia lectora, una prueba de la manera en que mi vida de novelista ha estado influenciada por eso que, a falta de mejor nombre, llamaré “el asunto Vargas Llosa”.

Referencia: Juan Gabriel Vásquez, “El asunto de Vargas Llosa”, en Vargas Llosa. De cuyo Nobel quiero acordarme (Madrid: Instituto Cervantes, 2011), pp. 109-117. Se puede leer el artículo completo aquí. Vásquez entrevistó a Vargas Llosa en la Feria del Libro de Bogotá de 2014.

Nobel

 

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