La primera carta intercambiada entre dos miembros del cuarteto central del Boom fue una de Carlos Fuentes a Julio Cortázar, fechada el 16 de noviembre de 1955. En ella, el mexicano invitaba a su colega argentino a colaborar en una recién creada publicación que codirigía con Emmanuel Carballo: “Supongo que ya estará en sus manos el primer número de la Revista Mexicana de Literatura. Nos honraría contar con su colaboración para uno de los futuros. Todos conocemos su calidad de escritor; por Emma [Speratti], su calidad de amigo. Contar con usted rendiría esta doble cosecha” (Las cartas del Boom, p. 47).
A partir de allí se anudaría la relación epistolar entre los dos escritores en la que, entre otros temas, aparecerán mencionadas sus publicaciones y las lecturas que uno hacía del otro. También empezaron a intercambiar copias de sus libros. En 1959, Fuentes le envió a Cortázar un ejemplar de su novela Las buenas conciencias con la siguiente dedicatoria:
A Julio Cortázar, joven maestro de las letras hispanoamericanas, de su aprendiz,
Carlos Fuentes
México, 1959
La relación profesional dio paso, como anticipó Fuentes, a una amistad que con el tiempo se hizo entrañable. Se conocieron personalmente en París, en octubre de 1961: “Por aquí anduvo Carlos Fuentes y tuve mucho gusto en conocerlo y charlar un par de horas con él”, le contó Cortázar a Speratti (carta del 27 de octubre de 1961). Cortázar recordaría más tarde que durante ese encuentro Fuentes había sido “severo” con Las buenas conciencias (Las cartas del Boom, p. 65).
Con seguridad hablaron también de la primera novela de Cortázar, Los premios, publicadada por Sudamericana en Buenos Aires el 3 de noviembre de 1960, pero el autor, al parecer, no tenía ejemplares disponibles para entregarle uno a Fuentes cuando se vieron en París (lo cual explica el tono de la dedicatoria que mencionaremos abajo). En la citada carta a Speratti, escrita poco después de su encuentro con Fuentes, Cortázar fue también severo con su propia novela: “Los premios es un pequeño e insignificante y perecedero ejercicio técnico, destinado a darme mejores armas para trabajar”.
Ambos estuvieron en Buenos Aires a comienzos de 1962, pero no se vieron en persona. Fuentes estuvo allí entre el 2 y el 11 de febrero, en medio de una gira sudamericana que lo había llevado antes a Concepción, donde tuvo un rol protagónico en un importante congreso de intelectuales, y de allí a Punta del Este, para cubrir la cumbre de cancilleres de la OEA, ambos eventos marcados por el curso de Revolución cubana y las agresiones de Estados Unidos. Después de su visita a Buenos Aires, Fuentes pasó unos días en Lima. Cortázar, por su parte, visitó la capital argentina entre enero y marzo. Llevaba en su valija el borrador de Rayuela: “Yo terminé una larguísima novela, de la que quizá algo te hablé, y ahora me la llevo para ‘trabajarla’ en Buenos Aires a la hora en que los demás duermen la siesta” (carta a Amparo Dávila, 15 de enero de 1962). La estadía en Buenos Aires fue todo menos apacible, especialmente en el terreno político: Cortázar fue testigo de los estertores del gobierno presidido por el radical Arturo Frondizi, finalmente depuesto por las fuerzas armadas el 29 de marzo. El viaje de regreso a París por barco, le confesó a Manuel Antín, “bastó para mejorar mi estropeado sistema nervioso y recuperar la calma que Buenos Aires había, con sus astutas técnicas, zarandeado de lo lindo” (carta del 5 de mayo de 1962).
Fuentes lamentaría que no pudieran encontrarse: “No sé si Sabato o Pepe Bianco me dieron tus señas a última hora, cuando me disponía a volar de regreso a México, y ya no tuve oportunidad de verte” (carta a Cortázar, 2 de octubre de 1962, Las cartas del Boom, p. 62).
En mayo de 1962, Fuentes publicó dos de sus novelas más célebres, Aura y La muerte de Artemio Cruz, y le hizo llegar sendas copias a Cortázar. En la segunda estampó esta dedicatoria:
A Julio Cortázar y Aurora, con el maravilloso sabor de Los premios en la boca —tuve que ir hasta B.A. a comprarlo— y la amistad de,
Carlos Fuentes
Ese “maravilloso sabor” parece haber sido, al momento de escribir la dedicatoria, una intuición o un deseo, o quizás el gusto que le dejó la revisión de algunas páginas, pues en la citada carta del 2 de octubre, luego de un párrafo de admiración al libro de cuentos de Cortázar Final del juego, agregó esto:
Me he detenido tanto en él que aún no le he hincado el diente a Los premios, que al fin pude comprar en la librería El Ateneo (Las cartas del Boom, p. 63).
Raramente los escritores dan cuenta, en cartas o dedicatorias, de las circunstancias en que adquiren un libro, pero Fuentes se esmeró en dejar rastros de su compra en los documentos que hemos citado, una señal de su aprecio por Cortázar y de su interés por esa novela.
Más de seis décadas después recibimos una noticia, tan inesperada como gratificante, que nos permite, de alguna manera, completar la historia documental de un libro que, junto a tantos otros, fraguó las complicidades literarias y amicales de los autores de Las cartas del Boom: un librero de viejo tuvo la generosidad de hacernos saber de la existencia de ese ejemplar de Los premios y de enviarnos fotografías de la cubierta del libro (ver la imagen que encabeza este post) y de la página de respeto con el sello de la librería El Ateneo, la firma de Fuentes y la ciudad y año de adquisición.


