García Márquez sobre Historia de un deicidio

A fines de 1971, Mario Vargas Llosa publicó García Márquez. Historia de un deicidio, un extenso estudio sobre la obra del escritor colombiano. Así lo publicitó Barral Editores en un aviso colocado en el diario La Vanguardia:

En un post anterior sobre la redacción y publicación de dicho libro, me preguntaba: “¿Leyó García Márquez el libro de Vargas Llosa?”. Y luego glosaba las distintas versiones que se conocían. Según Xavi Ayén, autor de un importante libro sobre el Boom, quien citaba un libro de R.H. Moreno-Durán, sí lo leyó, “lo llenó de anotaciones” y luego obsequió ese ejemplar a su amigo el cineasta valenciano Ricardo Muñoz Suay. (Ver también esta nota de Julio Máñez en El País). En la colección de Muñoz Suay donada a la Biblioteca Valenciana, sin embargo, no se encontró ese ejemplar anotado. Vargas Llosa afirmó en 2017 que el propio García Márquez le dijo que lo había leído durante un viaje a Londres y que lo tenía “lleno de anotaciones”; incluso le habría ofrecido regalárselo, pero nunca lo hizo. En una entrevista de septiembre de 1973 con Elena Poniatowska, por otro lado,  García Márquez dijo tajantemente que no lo había leído. Cabe mencionar que en mayo de 1972 Vargas Llosa le había entregado una copia autografiada, hoy preservada en el Ransom Center de la Universidad de Texas, en Austin, y que no tiene huellas de haber sido leída.

Un excepcional hallazgo de Xavi Ayén nos permite despejar algunas dudas e introduce matices en esta curiosa historia. Lo primero es que García Márquez sí leyó el libro, aunque todo indica que solo revisó un centenar de páginas (el libro tiene 670).  Además, ocurrió en Londres, como le había contado a Vargas Llosa, y sí hizo anotaciones, pero no “llenó” el libro con ellas, como se solía afirmar: se trata de un total de quince apuntes, escritos entre las páginas 97 y 194, y que atañen a afirmaciones de Vargas Llosa que el autor colombiano confirma, matiza y a veces rechaza.

Ese ejemplar anotado por García Márquez perteneció a Berta Muñoz, hija de Muñoz Suay, lo cual explica que hubiera circulado durante años la versión de que era el cineasta valenciano quien poseía dicho ejemplar. Según Julio Máñez, él nunca lo vio, pues “Ricardo se negaba sistemáticamente a prestar el libro”. Berta estaba de visita en Londres, en 1972 o 1973 según cree recordar, y había llevado el libro para leerlo durante el viaje. García Márquez y sus dos hijos, de paso por la capital inglesa, visitaron a Berta en el hotel donde se hospedaba. Al ver el libro, García Márquez “se puso a leerlo (cosa que se había resistido a hacer desde su publicación) y tomó notas al margen en bolígrafo azul”. Luego se cansó y dejó de hacerlo.

Ese encuentro en Londres tuvo lugar, probablemente, en 1974, no en 1972 o 1973, como cree recordar la propietaria del ejemplar. El pasaporte de García Márquez no registra ingresos al Reino Unido en 1972 o 1973, pero sí en 1974. Esta cronología, además, calzaría con la afirmación de García Márquez a Poniatowska, en septiembre de 1973. Por entonces, no había leído el libro.

Más allá de estos asuntos algo anecdóticos, lo importante es que gracias a este extraordinario hallazgo de Xavi Ayén tenemos acceso a los comentarios de García Márquez sobre algunas de las cosas que Vargas Llosa escribió sobre él, un verdadero privilegio para los lectores y estudiosos de esos dos autores.

Reproduzco a continuación el texto completo y las imágenes del artículo de Xavi Ayén, al que se puede acceder también a través de este enlace.

 

Documento inédito

Lo que Gabo anotó de Vargas Llosa

Más de 50 años después de ser escritas, ‘La Vanguardia’ descubre las opiniones del colombiano sobre la ‘Historia de un deicidio’ escrita por el peruano

Xavi Ayén

Barcelona

La Vanguardia, 23/03/2025

Londres, principios de los años 70. Berta Muñoz –hija del cineasta Ricardo Muñoz Suay– estaba pasando unos días en la capital británica. Según recuerda hoy, allí la visitaron Gabriel García Márquez y sus hijos, Rodrigo y Gonzalo. Ella se había traído, para leer durante el viaje, Historia de un deicidio, el ensayo sobre el colombiano que su entonces amigo Mario Vargas Llosa había publicado en 1971 en Barral Editores. “Debía de ser 1972 o 1973, no lo recuerdo exactamente”. El libro estaba ahí, sobre la mesa de la habitación del hotel, y García Márquez, al verlo, se puso a leerlo (cosa que se había resistido a hacer desde su publicación) y tomó notas al margen en bolígrafo azul aunque, “a media lectura, se cansó y dejó de leer y de anotar”. Esas notas habían permanecido en secreto durante más de cincuenta años, hasta ahora, cuando La Vanguardia ha tenido acceso al ejemplar.

Portada del ejemplar de ‘García Márquez: Historia de un deicidio’ anotado por Gabo

En aquel momento, Vargas Llosa y García Márquez eran vecinos, pues vivían en Barcelona, en la misma esquina –la de las calles Osio y Caponata, en el barrio de Sarrià–. Historia de un deicidio, basado en el trabajo del peruano para su tesis doctoral, era un análisis de la obra y la vida de García Márquez, testimonio de una amistad y admiración profundas. A pesar de que constituyen un testimonio excepcional, las observaciones de García Márquez al ‘deicidio’ de Vargas Llosa no suponen ningún cuestionamiento global sino matices, aclaraciones, en ocasiones elogios o, en el caso de las correcciones, se trata de cuestiones de detalle.

En la página 97, Vargas Llosa habla del primer cuento de Los funerales de la Mamá Grande, ‘La siesta del martes’, en que una mujer y una niña llegan a un pueblo para visitar la tumba de un ladrón que mataron la semana pasada, pues son su madre y su hermana. Vargas Llosa apunta: “Es evidente que esta imagen tiene su origen en el regreso de García Márquez con su madre a Aracataca”, pues avanzaban por un pueblo en ese momento desértico, a lo que el interesado replica: “La imagen de la muerte del ladrón, y la visita de su madre, son históricos”.

Anotación sobre que la historia del ladrón y la madre se basa en hechos reales.

En la página 99, Vargas Llosa relaciona ese episodio también con la historia de ‘En este pueblo no hay ladrones’ –un negro acusado de robar unas bolas de billar y que afronta la hostilidad del pueblo– y lo liga con una escena hacia el final de El coronel no tiene quien le escriba, cuando el coronel es vitoreado por la gente pero él se siente, en realidad, intimidado y enfurecido. Gabo anota: “Es también histórico: lo curioso es que los 2 episodios se parecen y tal vez se fijaron por un mismo motivo. / El cuento tiene su origen en un ladrón, forastero, que se robó las bolas en un salón de billar, en Sucre, en 1950 (?)”.


En la página 99, García Márquez aclara que el ladrón de bolas de billar también fue real.

En las páginas 104 y 105, García Márquez enmienda la totalidad de la nota a pie de página, en la que pone “falso”. Allí, Vargas Llosa recordaba la tesis de Jaime Mejía Duque de que la palabra ‘Macondo’, más allá del nombre de una finca, había tenido “desde antes una significación mítica para los campesinos de la región”, algo así como un lugar peligroso donde la gente se podía extraviar o ser devorada por las alimañas, “réplica del reino del irás-y-no-volverás de los cuentos infantiles”. Vargas Llosa señala: “No niego que el nombre Macondo tenga ahora una cierta connotación mítica para los campesinos de la región, pero que la tuviera antes de que la utilizara, es algo que García Márquez no sospechó jamás”. Pero ahí está el tajante “falso” del colombiano, que está convencido de que no es que él desconociera la magia que tenía aquel nombre, sino que, sencillamente, no la tenía.

‘Falso’, dice García Márquez: Macondo no tenía significado mágico antes de él

 

En la página 106, cuando Vargas Llosa asimila “la casa solariega” de la Mamá Grande a la de los Buendía, pues por ambas transitan gran número de invitados, que comen y duermen en ella, a menudo parientes ilegítimos que se mezclan con los legítimos y son tratados con el mismo cariño, García Márquez quiere matizar que, en este aspecto, no se trata de dos personajes equiparables: “La M.G. es un modelo más consciente”.

 

Anotación aclaratoria sobre las casas de la Mamá Grande y la de los Buendía

 

En la página 110, se hace referencia al “coronel Nicolás Márquez Iguarán”, el abuelo de García Márquez, quien anota al lado de ese nombre: “Creo que él no era Iguarán”. En efecto, el coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía (así se llamaba) se casó con Tranquilina Iguarán Cotes, y tuvieron como hija a Luisa Santiaga Márquez Iguarán (1905-2002), mamá de Gabo. En la última edición de Historia de un deicidio (Alfaguara, 2021) se mantiene el error señalado por Gabo.

 

Una puntualización sobre el segundo apellido de su abuelo

En la página 116, cuando se habla de las guerras civiles, Vargas Llosa apunta que “el auge del banano (…) comienza hacia 1904, cuando se instala en la región la United Fruit, y toda la cuenca del Magdalena se llena de fincas y de inmigrantes”. Gabo marca el nombre del río Magdalena y señala, simplemente: “No”. Se trata de un río muy grande, que atraviesa once departamentos del país, y la extensión de la UFC no fue tan amplia.

 

No era en la cuenca del Magdalena

Poco después, en la página 119, Gabo detecta un “error de imprenta” en una cita que hace Vargas Llosa de Los funerales de la Mamá Grande. En realidad, se trata, pues, de un error del propio libro de García Márquez, donde se leía: “Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna, que en la guerra de 1875 se enfrentó a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la cocina de la hacienda”. Ello hace decir al peruano: “En 1875 no hubo ninguna guerra civil en Colombia, pero al año siguiente hubo dos”, que resume someramente. Pero la nota de Gabo es clara: la guerra es la de 1885, fue eso, “un error de imprenta”, que sin embargo se sigue manteniendo hoy, como se mantiene el comentario de Vargas Llosa en la edición reciente del ‘deicidio’ de Alfaguara.

Aquí el error era de ‘Los funerales de Mamá Grande’

En la página 142, la anotación de García Márquez es para resaltar una observación que encuentra especialmente acertada. Vargas Llosa está subrayando la enorme deuda que tiene Macondo con Faulkner pero también con Balzac. Y Gabo reconoce: “Ambas cosas son ciertas: hay una re-lectura consciente, posterior”. Sin abandonar a Faulkner, Vargas Llosa alude, en la página 149, a “las tortuosas ramificaciones familiares de los Sartoris o de los Suppes” y García Márquez marca este último apellido y se pregunta: “¿Snopes?”, en una observación que hará las delicias de los faulknerianos pero que no afecta para nada a lo esencial de la afirmación. En la página 150, se sostiene que el demonio de Hemingway le sirvió a García Márquez para contrarrestar al de Faulkner, según declaró en su célebre entrevista a Luis Harss. Y Gabo matiza, hablando de sí mismo en tercera persona: “Y sin embargo lee a H. antes que a F.”.

 

Las ciertas influencias de Balzac y Faulkner

 

Un debate nominal para faulknerianos

¿Somos más de Faulkner o de Hemingway?

En la página 181, Vargas Llosa, un fervoroso lector de los libros de caballerías, señala la huella del Amadís de Gaula en Cien años de soledad y especula sobre qué edición –y en qué época– debió de leer Gabo, permitiéndose dudar de si lo ha leído íntegramente o si lo dice solo “para hacer quedar bien a un amigo” (es decir, él mismo, que había publicado su célebre artículo ‘Amadís en América’ para saludar la llegada de la novela de García Márquez). Vargas Llosa apunta tres pésimas ediciones disponibles en la época del joven Gabo, que a su juicio malograban la vista del lector: la de la Biblioteca de Autores Españoles, la de Clásicos Castellanos y la de Aguilar. Y sugiere que García Márquez debió de haber dispuesto, en todo caso, “la versión modernizada y refundida de Ángel Rosenblat (apareció en 1940), o simplemente en esas adaptaciones infantiles de la novela que han circulado tanto por América Latina”. Y García Márquez le responde, con su bolígrafo, en el margen: “La síntesis de Austral me llamó la atención, y Ramón Vignes (1952?) me lo prestó. ¿Cuál? No recuerdo”. Podría tratarse de la edición argentina de Losada.

El ‘Amadís de Gaula’, cosa de Ramon Vinyes, cuyo apellido afrancesa

Inmediatamente, en la página 182, Vargas Llosa apunta la tendencia de García Márquez “a considerar la realidad como una suma de anécdotas” y alude a su condición de reportero y a su lectura infantil de Las mil y una noches, lo que, por mera cronología, indica que no leyó la versión completa sino una extractada. Al margen, Gabo completa la información: “Los cuadernos estaban sueltos, a veces inconclusos, y como que ni siquiera supe de qué libro se trataba hasta muchos años después”. Más adelante, en la página 186, Vargas Llosa alude a la sexualidad y sensualidad de Macondo, rechazando que provenga de Las mil y una noches pues “si García Márquez leyó los cuentos árabes de niño, es seguro que en esa versión este complemento de lo imaginario había sido suprimido; es posible que más tarde leyera el texto completo, o, simplemente, que por propia intuición, incorporara a su mundo ficticio, para cumplir una función similar, esa desaforada sensualidad que lastra de realidad objetiva a la realidad imaginaria de Las mil y una noches”. El tema le interesa a Gabo, pues anota: “En efecto, no recuerdo ninguna inquietud sexual en la lectura infantil. La encontré más tarde, en otra versión, pero ya el libro entero no me gustó”.

‘Las mil y una noches’, cosa de niños

 

Más recuerdos de ‘Las mil y una noches’

 

En la página 189, Vargas Llosa habla de la extraordinaria influencia que ejerció en el joven García Márquez el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, remarcando que se trata de una pasión por este libro en concreto del autor inglés, no por el resto de su obra. De nuevo, García Márquez completa con sus aclaraciones la acertada observación del ensayista: “Leí este Defoe en una época en que leía mucho sobre las pestes medievales porque trataba de trasponer en La hojarasca la matanza de los bananeros por una peste. La idea me venía de Edipo Rey”. En la página 194, ahondando en los ecos de Defoe, Vargas Llosa recuerda “los muertos que flotan”, con una cita textual del libro del inglés en que aparecen, lo que hace exclamar, en una nota manuscrita, a Gabo: “Curioso: no recordaba la imagen de Defoe pero sé que la imagen reiterada de los muertos flotando me viene de Le bateau ivre”, el poema de Rimbaud.

Defoe y ‘Edipo Rey’, entre líneas

Y también Rimbaud…

A partir de ahí, cesan las notas del ejemplar consultado. Se desconoce si las continuó en otra edición o en algún cuaderno que se haya perdido, si simplemente abandonó la tarea o si tuvo ocasión de comentárselas de viva voz a Vargas Llosa. Según una persona muy cercana al colombiano, “Gabo dijo que se cansó de ir apuntando esas cosas, comentó que le había aburrido”.

 

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *